jueves 30 de diciembre de 2010

La cuestión ecológica


Con el artículo anterior cerramos una primera reflexión sobre el proyecto de Dios y el anti-proyecto del hombre respecto del acuciante problema ecológico, del cuidado de la creación, del medio ambiente. Lo hicimos en tres artículos, comentando el Mensaje de Benedicto XVI: “Si quieres promover la paz, protege la creación”.
Y bien, luego de haber visto la contraposición de ambos proyectos y la responsabilidad que cabe al ser humano, de cuidar y proteger la creación, el planeta, es decir: la “casa grande” donde se desarrolla la vida y donde cada uno merece un lugar digno de su condición de hijos e hijas de Dios… nos encontramos ante una encrucijada, una especie de callejón sin salida. El panorama es dramático. Un cuadro de luces y sombras. Una pugna entre las tinieblas y la luz, para expresarnos en términos bíblicos.
Por una parte, constatamos el prodigioso avance de la ciencia en su afán de desentrañar los enigmas que esconde el universo -todavía en expansión- y las maravillosas conquistas tecnológicas en el descubrimiento y la interpretación de las leyes que rigen el micro y el macrocosmos. Pero, a la vez, la ausencia de actitudes y aplicaciones éticas, racionales y humanas ante esas mismas conquistas y descubrimientos presagian un final sombrío, ineluctable, sin retorno.
Sin embargo, desde la fe cristiana, una lucecita se advierte al fondo del túnel. Como solemos decir y ocurre muchas veces, después de la tempestad viene la calma: amanece un día sereno, soleado, que ilumina el horizonte y recrea la esperanza. Así lo imagina el autor de un libro que impensadamente cayó en mis manos hace algunos años, pero que recién ahora acabo de leer.
Este hecho casual, arroja ahora un haz de luz intenso sobre nuestro tema y tiene mucho que ver con el tiempo litúrgico de la Pascua (por lo menos para los que nos profesamos cristianos), que hunde sus raíces en la Encarnación de la Palabra -que puso su morada entre nosotros- y culmina con la Resurrección y Ascensión del Señor Jesús, cuya fiesta acabamos de celebrar en estos días.
En otras palabras, lo que comenzó siendo algo anecdótico para mí, adquiere ahora una dimensión insospechada, al punto de invitarme a compartir con ustedes esta pequeña historia, antes de abordar el tema tan trascendente enunciado en el título y que espero desarrollar en esta nueva serie de artículos: “La cuestión ecológica a la luz de la Encarnación y Resurrección de Jesucristo”.
Ante todo, el hecho anecdótico. Hace unos años, comencé a visitar con cierta frecuencia a un amigo enfermo, que estaba cayendo en un pozo existencial, como negándose a la vida. Él era ya mayor, y padecía una dolencia, secuela de un accidente acaecido muchos años antes, pero que no justificaba esa negación ni su silencio ante quienes lo rodeaban con sus afectos familiares.
Esto motivó mis visitas dado que, conociendo algunas de sus inquietudes, buscaba excusas para hacerlo hablar. Teníamos suficiente confianza como para abordar ciertos temas. No me llamó la atención su preocupación por el tema de la muerte, sino su inquietud por conocer mi opinión sobre un libro que él estaba leyendo y que trataba, precisamente, de ese asunto. El título del mismo era muy sugerente: “El más allá en imágenes y palabras del más acá”. Ese día, al despedirnos, llevé el libro con la promesa de hacer una devolución a su inquietud.
Comencé a leerlo con avidez, porque el planteo del autor, Luís Pérez Bahamonde, a mí también me interesaba por el modo de abordar la temática y por la proximidad de la Pascua de ese año. En el subtítulo, en efecto, se leía: “Palabras de FE, para vivir en el AMOR la ESPERANZA de la RESURRECCION”. Ocurre que a poco de comenzar su lectura, no recuerdo en qué circunstancia, el libro desapareció de mis manos y no tuve modo de recuperarlo.
Mis visitas se sucedieron, pero el amigo ya había perdido el interés por comunicarse. Esto me ahorró la disculpa respecto de la opinión que le debía sobre el libro, pero no mitigaba mi preocupación por encontrarlo. Fue en ese ínterin que se aceleró el proceso de su enfermedad y sobrevino la muerte. Me propuse entonces, como deber póstumo con el amigo y con más diligencia que nunca, intensificar la búsqueda, hasta que providencialmente apareció el libro debajo de una pila de papeles, paradójicamente a portada de mano en mi biblioteca.
Finalmente el libro está en mis manos y es más oportuno que nunca. El tiempo litúrgico pascual es el marco ideal para re-proponer la cuestión ecológica y el cuidado del planeta, particularmente, luego de las terribles experiencias de Haití, de Chile, de las cenizas volcánicas de Islandia y de los más recientes hechos depredatorios del medio ambiente. Ustedes pensarán, con razón, que mi preocupación es encomiable, pero también se preguntarán: ¿qué tiene que ver la historia del libro perdido y reencontrado con todo esto?
Como recordarán, habíamos visto que el plan de Dios tiene su origen y cumplimiento en su Hijo-Palabra creadora, según nos recuerda San Pablo en su carta a los Efesios -1,10-: “Este es el plan que había proyectado realizar por Cristo cuando llegase el momento culminante: hacer que todas las cosas tuviesen a Cristo por cabeza, las del cielo y las de la tierra”. Y bien, ese mismo Hijo-Palabra creadora ha resucitado, involucrando, no solo al ser humano sino a todo el universo creado en su movimiento ascensional hacia “los nuevos cielos y la nueva tierra”.
Ahora sí, ensayaremos una respuesta esclarecedora y esperanzadora al interrogante planteado en el párrafo anterior, a partir de la consideración de la cuestión ecológica a la luz de la Resurrección de Jesús y de la resonancia cósmica de la misma. Lo haremos siguiendo las luminosas intuiciones del autor del libro que motivó la anécdota narrada más arriba y que comienza con la misma pregunta.