miércoles 3 de marzo de 2010

La cuestión ecológica

a la luz de la Creación, Encarnación
y Resurrección de Jesucristo
primera parte



Amig@s lector@s:
Supongo que ustedes, como yo, como toda persona sensible y de sentido común, estarán impresionados por la aparición en el escenario planetario de cataclismos de todo tipo y envergadura: ciclones, sismos, terremotos, temblores, tsunamis, tempestades, inundaciones… y otra serie de fenómenos naturales, con la consecuencia de innumerables víctimas humanas, destrucción de viviendas y bienes de todo tipo.
La sorpresa quizás no sea debida a la verificación de estos fenómenos que siempre se han registrado a lo largo del tiempo y de la historia, sino por la inusitada frecuencia e intensidad de los mismos. Ante estas escenas dantescas, muchos pensarán si no estaremos en la antesala del imaginario “fin del mundo” descrito en el Apocalipsis (ver Apocalipsis cap 8-10). Una pregunta recurrente es: ¿qué nos estará queriendo decir el planeta con estos hechos?.
Es cierto que muchos de estos fenómenos son efectos de causas naturales propias del planeta y de un universo en expansión. Pero no es menos cierto que en algunos casos la aceleración y la frecuencia se deben a la provocación del mismo ser humano, llamado desde el origen a ser custodio responsable de los recursos y energías naturales y de su uso y distribución de acuerdo al plan del Creador.
En consecuencia, a la luz del relato de la Creación, la Encarnación (Navidad) y la Resurrección (Pascua), en sintonía con Benedicto XVI –en su mensaje de paz para el primer día del año- y como resonancia de su preocupación expresada en el lema “Si quieres promover la paz, protege la creación”, propongo una serie de reflexiones, comenzando con dos momentos: I) el proyecto de Dios (narrado en el Génesis) y II) el anteproyecto del hombre o anti-génesis.

I - El proyecto de Dios, el Génesis:
Así comienza el relato de la creación del mundo en el primer Libro de la Biblia, el Génesis -traducción griega del hebreo “Bereshit”- que significa “principio”, “origen”: “Al principio Dios creó el cielo y la tierra. La tierra no tenía forma; las tinieblas cubrían el abismo. Y el soplo de Dios se movía sobre la superficie de las aguas” (Gen 1,1-2). Sigue luego el relato de la creación de la luz y de toda vida vegetal y animal (Gen 1,3-25).
Este primer relato termina con la creación del hombre. “Y dijo Dios: Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza; que ellos dominen los peces del mar, las aves del cielo, los animales domésticos y todos los reptiles. Y creó Dios al hombre a su imagen; a imagen de Dios los creó; varón y mujer los creó. Y los bendijo Dios y les dijo: Sean fecundos, multiplíquense, llenen la tierra y sométanla;… Miren, les entrego todas las hierbas que engendran semilla sobre la tierra; y todos los árboles frutales que engendran semilla les servirán de alimento; y a todos los animales de la tierra, a todas las aves del cielo, a todos los reptiles de la tierra –a todo ser que respira-, la hierba verde les servirá de alimento…. Y vio Dios todo lo que había hecho: y era muy bueno” (Gen 1,26-31).
Como vemos, en este poético relato, concebido como sinfónico y armonioso himno a la creación, se conjugan y convergen las más significativas dimensiones de la existencia humana: lo cósmico, lo religioso, lo antropológico, lo mítico, lo económico, lo cultural, la belleza, la bondad, el bien común. Es decir: Dios como Padre bueno y sabio arquitecto, creó la “casa grande” del universo y la puso en manos de su imagen-semejanza (el varón y la mujer) para que lo cultivaran, lo protegieran y se lo devolvieran ennoblecidos por la gratitud y el amor de reciprocidad.
Se da un paso fundamental en la toma de conciencia respecto a la relación de Dios con el ser humano y el mundo –se lee en el comentario de la Biblia de nuestro pueblo-, al resaltar la responsabilidad propia del hombre y la mujer en este conjunto armónico creado por Dios mediante su Palabra. No es fortuito que el ser humano, hombre y mujer, sea lo último que Dios crea en el orden de días que va marcando nuestro poema. Al ambiente de injusticia, de desigualdad y de dominación por parte de quien se cree amo y señor del mundo, se contrapone este nuevo elemento de resistencia: Dios crea al hombre y a la mujer a su propia imagen y semejanza, los crea varón y mujer para que administren conjuntamente su obra en igualdad de responsabilidades.
Su imagen y semejanza con Dios era el proyecto propio del ser humano como pareja: construir cada día esa imagen y semejanza manteniendo la fidelidad al proyecto armónico y bondadoso del principio, sin dominar a los demás ni someter a tiranía a los débiles ni al resto de la creación.

Navidad: memoria del proyecto de Dios
La celebración navideña tiene resonancias en las diversas culturas del mundo y suscita los sentimientos y propósitos más nobles del corazón humano, en particular, en el de los cristianos. Con la Encarnación del Niño-Dios, nacido en Belén, de las entrañas de María, es el Creador mismo quien entra en nuestra historia. No ya Jano, ni Marte, ni Júpiter, ni cualquier divinidad mítica, sino la fuente misma de la vida en todas sus manifestaciones. Y no entra en un espacio imaginario, sino en su “propia casa”, el mundo creado por él y entregado a la responsabilidad del hombre y la mujer: su propia imagen.
La Palabra es la revelación del proyecto creacional: “En el pasado muchas veces y de muchas formas habló Dios a nuestros padres por medio de los profetas. En esta etapa final nos ha hablado por medio de su Hijo, a quien nombró heredero de todo, y por quien creó el universo. Él es el reflejo de su gloria, la imagen misma de lo que Dios es, y mantiene el universo con su Palabra poderosa” - se lee en la carta a los Hebreos (1,1-3).
En efecto, así comienza el Prólogo del evangelio de Juan: “Al principio (“bereshit”, “génesis”) existía la Palabra (el Verbo, el Hijo de Dios, el Pantokrator) y la Palabra estaba junto a Dios, y la Palabra era Dios. Ella existía al principio junto a Dios. Todo existió por medio de ella, y sin ella nada existió de cuanto existe. En ella estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres; la luz brilló en las tinieblas, y las tinieblas no la comprendieron” (Juan 1,1-5).
¿Lo entendimos? No es un lenguaje cifrado. Es una verdad diáfana y transparente: usted y yo, nosotros, nuestra vida, nuestros afectos, nuestras raíces, nuestros antepasados, nuestras historias, nuestro habitat…, todo lo que contiene la manifestación de la existencia en sus más variadas expresiones. El micro y el macrocosmos, los elementos básicos: la tierra, el agua, el aire, el fuego… “Todo existió por medio de ella (la Palabra), y sin ella nada existió de cuanto existe”.
¿Acaso no es cierto –se pregunta Benedicto XVI- que en el origen de lo que, en sentido cósmico, llamamos «naturaleza», hay «un designio de amor y de verdad»? El mundo «no es producto de una necesidad cualquiera, de un destino ciego o del azar [...]. Procede de la voluntad libre de Dios que ha querido hacer participar a las criaturas de su ser, de su sabiduría y de su bondad». El Libro del Génesis nos remite en sus primeras páginas al proyecto sapiente del cosmos, fruto del pensamiento de Dios, en cuya cima se sitúan el hombre y la mujer, creados a imagen y semejanza del Creador para «llenar la tierra» y «dominarla» como «administradores» de Dios mismo (cf. Gn 1,28).
El drama, el rechazo, la paradoja- Sin embargo “la luz brilló en las tinieblas, y las tinieblas no la comprendieron” (Juan 1,5); “La luz verdadera que ilumina a todo ser humano estaba viniendo al mundo. En el mundo estaba, el mundo existió por ella, y el mundo no la reconoció. Vino a los suyos (a su casa) y los suyos no la recibieron” (Juan 1,9-11). ¿Cuáles son las tinieblas que no la comprendieron y quienes son los suyos que no la recibieron? ¿Serán los representantes de las grandes potencias que se reunieron en Copenhague los responsables del recalientamiento global? Este es el tema del próximo artículo.

Cordialmente, p. Julio Cura.