En el artículo anterior comenzamos una reflexión sobre el proyecto de Dios y el anti-proyecto del hombre respecto del acuciante problema ecológico, del cuidado de la creación, del medio ambiente. Vimos que el plan de Dios tiene su origen y cumplimiento en su Hijo-Palabra creadora. En efecto: “Este es el plan que había proyectado realizar por Cristo cuando llegase el momento culminante: hacer que todas las cosas tuviesen a Cristo por cabeza, las del cielo y las de la tierra”, afirma San Pablo (Efesios 1,10).
Sin embargo, el discípulo testigo de “la Palabra hecha hombre” nos habla de la indiferencia y el rechazo de los destinatarios: “la luz brilló en las tinieblas, y las tinieblas no la comprendieron” (Juan 1,5); “La luz verdadera que ilumina a todo ser humano estaba viniendo al mundo. En el mundo estaba, el mundo existió por ella, y el mundo no la reconoció. Vino a los suyos (a su casa) y los suyos no la recibieron” (Juan 1,9-11).
Hacia el final nos hacíamos algunas preguntas: ¿Cuáles son las tinieblas que no la comprendieron y quienes son los suyos que no la recibieron? ¿Serán los representantes de las grandes potencias que se reunieron en Copenhague, como antes en Kyoto, los responsables del recalentamiento global? ¿Serán los jefes de las naciones, los que deciden en lo político, lo social, lo cultural y lo económico? ¿Serán los dueños de las multinacionales? ¿Seremos nosotros, quienes nos profesamos cristianos?
¿Quién responderá estos interrogantes?: Apenada por esta cerrazón es la misma Palabra quien responde a porfía por medio del profeta Isaías: “Ofrecí una respuesta a los que no preguntaban, me dejé encontrar de los que no me buscaban; y dije: Aquí estoy, aquí estoy, a un pueblo que no invocaba mi nombre” (Isaías 65,1). Sin embargo:”Todo lo que existe –nos recuerda Benedicto XVI- pertenece a Dios, que lo ha confiado a los hombres, pero no para que dispongan arbitrariamente de ello. Por el contrario, cuando el hombre, en vez de desempeñar su papel de colaborador de Dios, lo suplanta, termina provocando la rebelión de la naturaleza, «más bien tiranizada que gobernada por él». Así, pues, el hombre tiene el deber de ejercer un gobierno responsable sobre la creación, protegiéndola y cultivándola” (Mensaje n.6). Pero ¿existe esta conciencia? Antes de ensayar una respuesta, veamos el proyecto alternativo propuesto por la ambición del hombre:
El contra-proyecto del hombre, el anti-Génesis:
Al fin el hombre acabó con el cielo y con la tierra. La tierra era bella y fértil, la uz brillaba en las montañas y los mares, y el espíritu de Dios llenaba el universo.
El hombre dijo: “Que posea yo todo el poder en el cielo y en la tierra”. Y vio que el poder era bueno: Y puso el nombre de Grandes Jefes a los que tenían el poder, y llamó Desgraciados a los que buscaban la reconciliación. Así fue el sexto día antes del fin.
El hombre dijo: “¡Que haya gran división entre los pueblos: que se pongan de un lado las naciones a mi favor y del otro las que están contra mí!”. Y hubo Buenos y Malos. Así fue el quinto día antes del fin.
El hombre dijo: “Reunamos nuestras fortunas todas en un lugar y creemos instrumentos para defendernos: la radio, la televisión, Internet, los medios… para controlar el espíritu de los hombres, el alineamiento para controlar los pasos de los hombres, los uniformes para dominar las almas de los hombres”. Y fue así. El mundo quedó dividido en dos bloques, en guerra. El hombre vio que tenía que ser así. Así fue el cuarto día antes del fin.
El hombre dijo: “Que haya una censura para distinguir nuestra verdad de la de los demás”. Y fue así. El hombre creó dos grandes instituciones de censura: una para ocultar la verdad en el extranjero, y otra, para defenderse de la verdad dentro de casa. El hombre lo vio y lo encontró normal. Así fue el tercer día antes del fin.
El hombre dijo: “Fabriquemos armas que puedan destruir grandes multitudes, millones y centenares de millones, a distancia”. El hombre creó los submarinos nucleares que surcan los mares y los misiles que cruzan el firmamento. El hombre lo vio y se enorgulleció. Entonces los bendijo, diciéndoles: “Sean numerosos y grandes sobre la tierra, llenen las aguas del mar, y los espacios celestes, ¡multiplíquense!”. Así fue el segundo día antes del fin.
El hombre dijo: “Hagamos a Dios a nuestra imagen y semejanza: que actúe como actuamos nosotros, que piense como pensamos nosotros, que quiera como queremos nosotros, que mate como nosotros matamos‘’.
El hombre creó un Dios a su medida. Y lo bendijo diciendo: “Muéstrate a nosotros y pon la tierra a nuestros pies. No te faltará nada, si haces nuestra propia voluntad”. Y así fue. El vio todo lo que había hecho y estaba muy satisfecho de todo ello.
Así fue el día antes del fin. De pronto, se produjo un gran terremoto en toda la superficie de la tierra, y el hombre y todo lo que había hecho dejaron de existir. Así acabó el hombre con el cielo y con la tierra. La tierra volvió a ser un mundo vacío y sin orden; toda la superficie del océano se cubrió de oscuridad y el espíritu de Dios aleteaba sobre las aguas.
Esto que parece fantasía o ciencia-ficción, lamentablemente está superando la imaginación. Ya se verifican muchas de estas pretensiones fruto de mentes enfermas y ambiciosas que merecen el nombre de tinieblas según la expresión bíblica. Los grandes jefes reunidos en Copenhague volvieron a decir no al proyecto de Dios y repitieron la pretensión del tentador en el desierto: “De nuevo se lo llevó el Diablo a una montaña altísima y le mostró todos los reinos del mundo en su esplendor, y le dijo: –Todo te lo daré si te postras para adorarme. Entonces Jesús le replicó: ¡Aléjate, Satanás! Que está escrito: Al Señor tu Dios adorarás, a él sólo darás culto” (Mt 4,8-10).
¿Qué debemos hacer? ¿Cuál es nuestra responsabilidad? -
Ante una humanidad avasallada por la soberbia y la ambición de los poderosos, ante una creación usurpada por los que se erigen en árbitros del mundo, el apóstol san Pablo nos advierte del cansancio de la naturaleza y nos invita a colaborar con el proyecto creador de la Palabra:
“Estimo que los sufrimientos del tiempo presente no se pueden comparar con la gloria que se ha de revelar en nosotros. La humanidad (y la creación entera) aguarda ansiosamente la manifestación de los hijos de Dios. Ella fue sometida al fracaso, no voluntariamente, sino por imposición de otro (el tentador y sus secuaces); pero esta humanidad tiene la esperanza de que será liberada de la esclavitud de la corrupción para obtener la gloriosa libertad de los hijos de Dios. Sabemos que hasta ahora la humanidad entera está gimiendo con dolores de parto. Y no sólo ella; también nosotros, que poseemos las primicias del Espíritu, gemimos por dentro esperando la condición de hijos adoptivos, el rescate de nuestro cuerpo. Con esa esperanza nos han salvado” (Romanos 8, 18-23).
De modo que la respuesta a los interrogantes planteados arriba debe ser coral y abarcativa. Todos estamos llamados a cuidar la casa y hacerla habitable. “En efecto, parece urgente lograr una leal solidaridad intergeneracional. Los costes que se derivan de la utilización de los recursos ambientales comunes no pueden dejarse a cargo de las generaciones futuras: «Herederos de generaciones pasadas y beneficiándonos del trabajo de nuestros contemporáneos, estamos obligados para con todos y no podemos desinteresarnos de los que vendrán a aumentar todavía más el círculo de la familia humana. La solidaridad universal, que es un hecho y beneficio para todos, es también un deber. Se trata de una responsabilidad que las generaciones presentes tienen respecto a las futuras, una responsabilidad que incumbe también a cada Estado y a la Comunidad internacional» - (Mensaje n.8).
Cordialmente, p. Julio Cura
1 comentarios:
padre qué texto fruto de la Palabra y realidad,mucha profundidad.Si el Génesis suena sinfónico,poético,coherente ¿a qué sonaría el anteproyecto del hombre?
Me resultó muy original muy original tu paralelismo entre Génesis y anteproyecto.Gracias,recién me encuentro con este texto,que seguramente traerá más frutos de reflexión y concreción.
Majo
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