"Esperamos tu palabra… esperamos tu Voz…”
Y la Voz advierte, por medio del apóstol Pablo:
“Delante de Dios y de Cristo Jesús, que ha de juzgar a vivos y muertos,
te ruego por su manifestación como rey:
proclama la palabra, insiste a tiempo y a destiempo,
convence, reprende, exhorta con toda paciencia y pedagogía.
porque llegará un tiempo en que los hombres no soportarán la buena doctrina,
sino que, siguiendo sus pasiones,
se rodearán de maestros que les halaguen los oídos.
Darán la espalda a la verdad, y se volverán para escuchar cosas fantasiosas.
Tú vigila continuamente, aguanta las pruebas,
realiza la tarea de anunciar la Buena Noticia, cumple tu ministerio”
(Pablo a Timoteo, 2da. 4,1-5).
Creo que la advertencia paulina se está verificando en estos tiempos de “pensamiento débil”, de confusión de ideas, de cultura de la intrascendencia. Tiempos en que se cuestiona todo por el solo gusto de cuestionar y justificar el palabrerío, en contra de la verdad que pone en crisis el pensamiento único y autosuficiente. Me presento: no soy un intelectual, como lo prefiere el mundo, sino un buscador de esa “Verdad que nos hace libres”. Soy un creyente en el mensaje de Jesús de Nazareth y por tanto un destinatario del reto de Saramago, el autor de “Caín”, por mi atrevimiento o mi ingenuidad de confesar a Dios.
Y puesto que los cristianos nos aprestamos a celebrar un nuevo aniversario del nacimiento del Niño-Dios, el “Emmanuel-Dios con nosotros”, me propongo contestar, desde este espacio, a quien afirma: "Dios, el demonio, el bien, el mal, todo eso está en nuestra cabeza, no en el cielo o en el infierno, que también inventamos. No nos damos cuenta de que, habiendo inventado a Dios, inmediatamente nos esclavizamos a él". Lo hago a manera de carta abierta en la mejor acepción de la palabra.
Por tanto, sin temor de ser tildado de esclavo y sin la venia de Saramago, me permito confesar mi fe en Dios y en el Hombre. No exhibo títulos ni nominaciones como el Premio Nóbel, pero con la misma libertad, por no decir insolencia, arrogancia o soberbia, con que él se atribuye la “valentía” de negar a Dios, yo me atrevo, con humildad, afirmar su existencia y la de los hombres. Es más, con las mismas razones o sinrazones que invoca para negar la existencia de Dios yo podría permitirme negar la existencia del ente autoproclamado Saramago y afirmar que se trata de una fantasía, una “ilusión”, un capricho del azar o de una “imagen virtual”, para estar a tono con el lenguaje cibernético.
Me propongo ser irónico y sarcástico. Si la Biblia “es una sarta de ridiculeces y absurdos que no se sabe quién la escribió, inventando a ese Dios enemigo de la humanidad”: ¿con qué certeza el autor de Caín dice ser Saramago?, ¿quién se lo contó: sus padres, sus abuelos, un papel donde figura su nombre?, ¿cuál es su origen...? ¿Y si todo nació de un equívoco o una falsedad?, ¿Si su nombre es un invento (como el de muchos a quienes le inventaron su nombre en un Registro civil)? ¿Es creíble su existencia...? Bien podría surgir su nombre de la complicidad del futuro del verbo ser (en italiano) y el sustantivo “mago”, formando el interrogativo ¿Sarà-mago? Con lo cuál confirmaría su osadía de hacer “desaparecer” a Dios, mientras justificaría su premio Nóbel, pero como el mejor mago del mundo.
Si se trata simplemente de oponerse a la evidencia o de afirmar absurdos, por el gusto de provocar la reacción o la indignación de los lectores y con ello generar un suculento botín taquillero: ¿quién me niega a mí esa posibilidad? Con esto no le niego sus méritos literarios, sino sencillamente los ignoro. Aclaro que no me considero un católico fundamentalista o integrista, sino solo un ser libre, autónomo e independiente y hombre de fe, que no pretendo “defender” a Dios porque él es mayorcito y no necesita mis afirmaciones ni las negaciones de Saramago para ser o dejar de ser el Señor del universo y la fuente de toda vida. No, no defiendo a Dios, me defiendo a mí mismo, a mis principios, a mi búsqueda de sentido, a mi razón de ser, a mi dignidad como persona, al valor de la vida…
Nuestra afirmación o negación de Dios, no lo hacen inexistente, ni más pequeño ni más grande. En todo caso somos nosotros los que nos perjudicamos negándolo. Con las mismas razones o sinrazones del citado autor, podríamos negar la existencia del sol cuando llega la noche o está tapado por las nubes o cuando ocurre un eclipse y no lo vemos. El sol seguirá existiendo más allá de la afirmación o negación, pero lo más probable es que si lo ignoramos, seamos nosotros los que perdemos. El seguirá existiendo de la única manera que puede existir: siendo fuente de energía y emitiendo luz aún cuando yo cierre las puertas y las ventanas para no verlo y desmentirlo. Del mismo modo, el Dios absurdo de Saramago, seguirá existiendo de la única manera que puede existir: siendo fuente de Vida, siendo origen de toda realidad creada, siendo Padre misericordioso, paciente y providente, como nos enseñó su Hijo de cuya existencia es más difícil dudar.
Lamento que el autor de “Cain” reaccione con resentimiento para negar la existencia de Dios y endilgarle todos los males que padece el hombre por su “culpa”. El Nóbel, en efecto, opina: “me resulta difícil comprender cómo el pueblo judío ha hecho del Antiguo Testamento su libro sagrado. Eso es un chorro de absurdos que un hombre solo sería incapaz de inventar. Fueron necesarias generaciones y generaciones para producir ese engendro". Lamento aún más que quien pretende exhibir un pensamiento autónomo e “iluminado”, con la pretensión de desasnar a los retrógrados ignorantes o ingenuas que todavía tienen fe y creen en un ser Superior, no advierta que con ello está afirmando el origen de sí mismo “ex nihilo sui et subjecto” (generación espontánea, por si mismo y de la nada) como diría el ingenuo Tomás de Aquino, responsable de tanto engaño.
Y me atrevo a más. Saramago parece olvidar que su “originalidad” es un tantito trasnochada, a menos que pretenda superar la genialidad de Hegel o de Nietsche o del entero Iluminismo que negó a Dios para afirmar al hombre, haciéndolo por tanto creador de sí mismo y responsable de todos los males y sinsentidos de la condición humana. Pero el absurdo más extravagante es que no tiene sentido, aún para provocar la buena fe de los ignorantes e ingenuos creyentes, que se gaste tanto talento y se empleen tantos ríos de tinta para culpar a un ser inexistente y peor aún, que esto le reditúe fama y dinero.
Si el autor tuviera el rigor histórico que parece esgrimir, se enteraría de que ya pasaron el Medioevo, el Iluminismo y los grandes sistemas ideológicos junto con la caída del Muro de Berlín. Además, si el mismo se dignara tener la honestidad intelectual de leer la contraparte, sabría que hay excelentes pensadores, biblistas, filósofos y teólogos que a pesar de su “ingenuidad creyente” y sin descartar la presencia de antropomorfismos, hacen crítica histórica, escudriñando las fuentes cristianas y los Libros sagrados con rigor, sin rechazar lo que es mítico o simbólico como soporte literario, para proponer una relectura de los fundamentos de la fe, comparándolos con los grandes relatos de la humanidad. Por ejemplo, se habla de protohistoria y se incorpora en la interpretación de los hechos fundantes a autores no sospechados de credulidad, hasta hablar incluso de una “fe después de Freud”, por citar un caso.
Precisamente en relatos como la Serpiente, la Torre de Babel, el Diluvio, Caín y Abel, etc., se puede interpretar simbólicamente el enfrentamiento ancestral entre el Bien y el Mal o la dramática lucha entre las “Tinieblas” (símbolo del fraude, la violencia, el abuso de personas, el soborno, la humillación de la dignidad humana, etc.) y la “Luz” (símbolo cristiano de toda la declinación del verbo Amar: la lucha por la Paz y la Justicia, la solidaridad y todos los valores que ennoblecen al ser humano y promueven una existencia digna de la condición humana). En modo particular, Abel y Caín personifican las tensiones que pugnan en el corazón humano.
De modo que ese Caín que mata a su hermano anida también en el corazón y la pluma de Saramago, quien al negar la existencia de Dios, está afirmando, como consecuencia lógica, que el hombre (y como tal, el mismo autor) tiene que hacerse cargo de la cultura de la muerte, de la violencia, de la mentira institucionalizada, de la ambición desmedida, de la inequidad y de todos los males que afligen a la humanidad, como la manipulación impune de la vida y el desequilibrio ecológico a escala mundial, que amenaza nuestro planeta.
Termino con una anécdota: un amigo de Chesterton, al estilo del autor que nos ocupa, le propuso al genial pensador que le prologara un libro polémico titulado “Lo que yo pienso de Dios”. Chesterton le respondió: no tengo inconveniente en prologar tu libro, pero te aconsejaría que te preguntes con más modestia ¿qué es lo que Dios piensa de vos?
Cordialmente
p. Julio omv